Marruecos exporta a sus hijos y Europa paga la factura

Foto: Youtryandyoutry / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Marruecos ha conseguido construir un negocio extraordinario: exportar población, recibir miles de millones de euros procedentes de esa emigración y conseguir que Europa soporte buena parte de las consecuencias.
Cerca de cuatro millones de personas nacidas en Marruecos o de nacionalidad marroquí viven actualmente en la Unión Europea, aproximadamente el equivalente al 10% de la población del país. Más de un millón reside legalmente en España y Francia concentra otra enorme comunidad marroquí. Italia, Bélgica, Países Bajos y Alemania completan un mapa que demuestra hasta qué punto la emigración se ha convertido en una característica estructural de Marruecos.
¿Y qué obtiene Marruecos de todo ello?
Dinero. Muchísimo dinero.
Doce mil millones de dólares al año desde el extranjero
Los emigrantes marroquíes envían a Marruecos alrededor de 12.000 millones de dólares anuales en remesas, una cantidad equivalente aproximadamente al 8% del PIB del país.
No es una aportación secundaria. Es uno de los grandes pilares de su economía. Ese dinero mantiene el consumo de millones de familias, permite comprar viviendas, financiar pequeños negocios y, sobre todo, proporciona una gigantesca entrada de divisas.
Dicho de una manera mucho más sencilla: una parte importante de la estabilidad económica de Marruecos depende del dinero generado por marroquíes que tuvieron que buscar fuera de su país las oportunidades que allí no encontraron.
El trabajador está en Europa.
El salario se genera en Europa.
Sus hijos se escolarizan en Europa.
Los servicios públicos que necesita los proporciona Europa.
Y una parte del dinero termina viajando hacia Marruecos.
Europa absorbe población y Marruecos recibe divisas.
Un negocio formidable para Rabat.
Y Europa todavía pone más dinero
Pero ni siquiera termina ahí.
España y la Unión Europea llevan años destinando miles de millones de euros a Marruecos mediante créditos, préstamos, cooperación, inversiones y programas relacionados directa o indirectamente con el desarrollo económico y el control migratorio.
Desde España, las diferentes vías de financiación, créditos, cooperación e impulso a inversiones destinadas a Marruecos durante los últimos años se aproximan a 4.200 millones de euros.
A eso hay que sumar los enormes flujos económicos procedentes del turismo europeo, la inversión extranjera y las relaciones comerciales.
La situación resulta difícil de explicar sin recurrir al absurdo.
Europa recibe a millones de marroquíes.
Los marroquíes residentes en Europa envían miles de millones a Marruecos.
Europa financia a Marruecos.
Europa invierte en Marruecos.
Europa envía turistas a Marruecos.
Y cuando se produce una crisis migratoria en la frontera, también es Europa —y especialmente España— quien termina gestionando sus consecuencias.
Marruecos ha encontrado una fórmula extraordinaria: cobrar por casi todos los lados.
Lo verdaderamente escandaloso son los niños
Pero existe una realidad muchísimo más grave que cualquier cifra económica.
Los menores.
Ahí desaparece cualquier posibilidad de disfrazar el problema con discursos diplomáticos sobre cooperación, desarrollo o relaciones estratégicas.
Miles de menores han llegado a Ceuta durante las grandes oleadas migratorias procedentes de Marruecos. Muchos han permanecido fuera inicialmente de los sistemas de acogida y España ha tenido que movilizar recursos extraordinarios para alojarlos, alimentarlos, identificarlos y protegerlos.
Y uno debe hacerse una pregunta elemental:
¿Qué clase de país es Marruecos para que haya padres que consideren preferible permitir que sus hijos menores se marchen solos hacia Ceuta antes que continuar viviendo allí?
No saben qué va a pasarles.
Precisamente eso es lo aterrador.
No saben dónde dormirán.
No saben quién los recogerá.
No saben con quién se encontrarán.
No saben si serán explotados.
No saben si caerán en manos de delincuentes.
No saben si sufrirán abusos.
No saben siquiera si llegarán vivos.
Y aun así hay niños y adolescentes que emprenden el camino hacia España.
Nadie sostiene que sus padres sepan que va a ocurrirles una determinada desgracia. La brutalidad está precisamente en lo contrario: no tienen ni idea de qué puede pasarles y, aun así, existen familias que consideran asumible semejante incertidumbre frente a la alternativa de que sus hijos continúen en Marruecos.
Eso debería producir vergüenza en cualquier Estado.
Y algunas de las peores cosas posibles han ocurrido
Porque los peligros no son una hipótesis inventada para dramatizar el problema.
En Ceuta se han investigado agresiones sexuales relacionadas con menores llegados durante episodios migratorios. Ha habido niñas y adolescentes que han denunciado haber sufrido violencia sexual y casos que han terminado bajo investigación judicial.
Por tanto, cuando se habla de los peligros de enviar a un menor solo hacia una frontera extranjera no se está hablando de posibilidades extravagantes.
Puede no pasarle nada.
Puede conseguir su objetivo.
Pero también puede ahogarse.
Puede desaparecer.
Puede terminar durmiendo en la calle.
Puede ser explotado.
Puede ser agredido.
Puede incluso ser violado. Y ha ocurrido.
Ese es el nivel de riesgo que asume un menor que se marcha sin protección hacia otro país.
Y pese a todo ello siguen saliendo de Marruecos.
¿Qué explicación puede ofrecer el régimen marroquí ante semejante fotografía de su propio país?
Un rey inmensamente rico gobernando un país del que escapan los niños
Porque Marruecos pretende representar simultáneamente dos realidades difíciles de conciliar.
Cuando interesa atraer inversiones, turistas o acontecimientos internacionales aparece el Marruecos moderno: grandes infraestructuras, hoteles de lujo, proyectos gigantescos, Mundial de 2030, estabilidad política y una monarquía que se presenta internacionalmente como garantía de modernización.
Después aparece el otro Marruecos.
El Marruecos del que emigran millones de personas.
El Marruecos sostenido en una parte significativa por las remesas de quienes se marcharon.
El Marruecos cuyos jóvenes miran obsesivamente hacia Europa.
Y, todavía más vergonzoso, el Marruecos del que se marchan niños.
Hay pocas estadísticas económicas capaces de describir un país con tanta precisión como un menor lanzándose al mar para intentar alcanzar territorio español.
Un niño no abandona su casa porque haya estudiado las estadísticas del PIB europeo.
Ve algo mucho más sencillo: cree que al otro lado de la frontera puede existir una vida mejor que la que le espera en su propio país.
Ese es el fracaso que ningún estadio de fútbol puede ocultar.
Rabat demuestra que puede cerrar la frontera cuando quiere
Existe además otra cuestión especialmente incómoda.
Cuando Marruecos decide impedir las salidas, demuestra que dispone de medios para hacerlo.
Puede desplegar policías.
Puede utilizar drones.
Puede movilizar helicópteros.
Puede detener a centenares de personas antes de que alcancen la frontera.
Puede reforzar las carreteras de acceso a Ceuta.
Puede controlar playas.
Puede actuar.
Marruecos tiene capacidad para controlar.
Por eso España tiene derecho a hacerse una pregunta cada vez que se produce una avalancha migratoria:
Si Marruecos demuestra que puede cerrar el grifo, ¿qué significa exactamente cuando deja de cerrarlo?
La frontera no puede convertirse en una llave que Rabat abra o cierre dependiendo de sus intereses diplomáticos.
Mucho menos cuando España y Europa pagan cantidades enormes precisamente para obtener cooperación migratoria.
Exportar población resulta económicamente rentable
Y aquí aparece la gran contradicción.
Para Marruecos, la emigración no supone únicamente perder población.
Supone también crear futuros remitentes de divisas.
Cuantos más ciudadanos marroquíes consiguen establecerse económicamente en Europa, mayor es la cantidad potencial de dinero que posteriormente puede regresar a Marruecos.
Actualmente estamos hablando de aproximadamente 12.000 millones de dólares cada año.
El mecanismo funciona de manera casi perfecta para Rabat:
Marruecos no proporciona oportunidades suficientes a una parte de sus ciudadanos.
Esos ciudadanos emigran.
Europa los recibe.
Trabajan.
Generan ingresos.
Envían dinero a Marruecos.
Ese dinero ayuda a sostener la economía marroquí.
Europa, además, continúa financiando proyectos y cooperación con Marruecos.
Y cuando llega una crisis migratoria, España tiene que movilizar policías, sanitarios, centros de acogida, servicios sociales, juzgados y recursos económicos para gestionar sus consecuencias.
Marruecos recibe las remesas y España recibe buena parte de la factura.
El fracaso no se mide en estadios
Marruecos quiere enseñar al mundo autopistas, trenes, complejos turísticos, grandes inversiones y estadios para el Mundial de 2030.
Perfecto.
Pero existe un indicador bastante más difícil de manipular:
¿quieren quedarse sus propios jóvenes?
Porque un país verdaderamente próspero no necesita convencer al mundo de que funciona.
Lo demuestran sus ciudadanos queriendo vivir en él.
Cuando millones se han marchado, cuando miles de jóvenes sueñan con Europa y cuando incluso menores están dispuestos a afrontar solos una frontera, existe un problema mucho más profundo que cualquier estadística macroeconómica.
Y cuando un padre acepta que su hijo menor emprenda ese camino sin saber siquiera qué puede ocurrirle, el problema adquiere otra dimensión.
No sabe si encontrará alojamiento.
No sabe quién estará con él.
No sabe si alguien se aprovechará de él.
No sabe si acabará en manos de delincuentes.
No sabe si sufrirá una agresión.
No sabe si regresará.
No sabe nada.
Y precisamente eso hace la situación todavía más brutal.
Europa debería empezar a exigir responsabilidades
Durante demasiado tiempo las relaciones con Marruecos se han construido alrededor de una premisa: Rabat es imprescindible para controlar la inmigración y, por tanto, hay que financiarlo, cortejarlo y evitar enfrentamientos.
Quizá haya llegado el momento de formular la pregunta al revés.
¿Por qué Europa debe seguir premiando económicamente a un régimen que no consigue ofrecer suficientes expectativas para que una parte de su propia población quiera permanecer en su país?
Un Estado puede presumir de muchas cosas.
De PIB.
De carreteras.
De inversiones.
De hoteles.
De estadios.
De turismo.
De grandes proyectos.
Pero existe un indicador mucho más difícil de maquillar:
sus propios hijos.
Los que miran hacia Ceuta.
Los que se lanzan al agua.
Los que llegan solos.
Los que duermen donde pueden.
Los que pueden acabar explotados.
Los que han sufrido agresiones.
Y los que, aun conociendo historias como esas, siguen pensando que merece la pena intentarlo.
Esa es la fotografía que debería perseguir al régimen marroquí.
Porque cuando incluso una familia considera asumible mandar o dejar marchar a un menor hacia otro continente sin saber qué demonios puede sucederle por el camino, la propaganda sobre el Marruecos moderno empieza a resultar obscena.
Mientras tanto, Europa pone dinero.
España pone la frontera.
Los servicios públicos españoles ponen los recursos.
Los emigrantes marroquíes ponen cada año miles de millones de dólares en remesas.
Y Marruecos recoge buena parte de los beneficios.
Ese es el negocio. Y esa es la vergüenza.
El silencio de Moncloa
Y mientras Sánchez depende de esos apoyos para prolongar una legislatura en la que cada votación importante se convierte en una negociación, Marruecos conoce perfectamente la debilidad política española y defiende sus intereses sin complejos.
Mohamed VI sabe lo que quiere.
Marruecos sabe lo que quiere.
La pregunta es si España tiene actualmente un Gobierno con fuerza parlamentaria y voluntad política suficientes para defender con la misma contundencia los intereses españoles.
Porque mientras Marruecos juega sus cartas, España paga; mientras Marruecos presiona, España acoge; mientras Rabat recibe miles de millones procedentes de sus emigrantes, España afronta buena parte de las consecuencias de esa emigración.
Y Sánchez sigue de vacaciones.