El rey que vive como un sátrapa mientras sus súbditos huyen
Mohamed VI, rey de Marruecos. Foto: Oficina del Primer Ministro de India (Government Open Data License).
HAY IMÁGENES QUE EXPLICAN UN RÉGIMEN MEJOR QUE CIEN DISCURSOS, Y ÉSTA ES UNA DE ELLAS. Mohamed VI, rey de Marruecos y Comendador de los Creyentes, veranea como cada año en una de sus residencias favoritas de M’diq —Rincón—, a apenas 28 kilómetros de Ceuta: privacidad absoluta, vigilancia, embarcadero propio y acceso directo al Mediterráneo para disfrutar de sus embarcaciones. Al otro lado, a veces en esas mismas aguas, otros marroquíes intentan llegar a España jugándose la vida. Ese contraste debería acompañar a Mohamed VI cada vez que es recibido con alfombra roja en una capital europea, aunque nunca lo hace.
Resulta difícil entender que un monarca que encarna semejante desigualdad sea tratado internacionalmente como si dirigiera una monarquía europea perfectamente homologable. Si no fuera por el dinero, los intereses económicos, la posición estratégica de Marruecos y su capacidad para usar la inmigración, la seguridad o las relaciones comerciales como instrumentos de presión, probablemente el trato sería muy distinto. El problema no es que un rey tenga una residencia de verano —hasta los reyes que no lo son la tienen—. El problema es la dimensión obscena del contraste.
Según las cifras manejadas, la fortuna atribuida a Mohamed VI ronda los 5.700 millones de dólares. La Corona dispondría de hasta doce palacios permanentemente preparados, atendidos por cerca de 1.200 empleados, a los que se suman numerosas propiedades privadas en Salé, Anfa, Tamaris, Al Hoceima, París, Emiratos o Zanzíbar. Y después está Rincón: un palacete discreto, protegido de cualquier mirada, con embarcadero propio, situado prácticamente frente a España, donde Mohamed VI pasa temporadas desde joven y desde el que puede salir a navegar por aguas próximas a Ceuta. Mientras tanto, Marruecos sigue siendo un país del que miles de ciudadanos desean marcharse. Ahí, y no en el número de metros cuadrados de un palacio, está la verdadera obscenidad.
No hablamos solamente del adulto que emigra buscando un salario mejor. Durante las sucesivas crisis fronterizas se ha visto también a menores marroquíes cruzando solos, algunos de edades extraordinariamente bajas, sin padres, sin recursos y muchas veces sin saber siquiera dónde terminarán. Niños que aceptan dormir en una calle española, esconderse bajo un camión o lanzarse al mar porque consideran que cualquier posibilidad al otro lado de la frontera merece el riesgo. Ese hecho, por sí solo, constituye una acusación política más poderosa contra el régimen marroquí que cualquier editorial: ¿qué clase de país consigue que una familia llegue a considerar preferible que su hijo menor emprenda solo un viaje clandestino antes que permanecer allí? Durante esas rutas existen además situaciones de explotación, violencia y abusos sexuales ampliamente asociadas a determinados itinerarios migratorios. No significa que cada menor marroquí que cruza la frontera los sufra, pero sí que niños y adolescentes terminan expuestos a riesgos que ninguna sociedad debería aceptar con normalidad. Y todo esto sucede mientras la cabeza del Estado disfruta de un patrimonio que parece pertenecer a otro planeta.
La vieja denominación de Mohamed VI como «rey de los pobres» resulta por ello involuntariamente grotesca. Su padre, Hasán II, llegó a mantener la costumbre de que en cada uno de los doce palacios reales se preparara diariamente comida suficiente para recibir al soberano y a su séquito, por si decidía aparecer. Mohamed VI puede haber abandonado semejante extravagancia; la estructura palaciega, desde luego, no la ha abandonado, y sostenerla sigue exigiendo cantidades enormes de dinero. A ello se suman sus propiedades particulares y sus largas estancias en el extranjero, que le han valido el apelativo de «rey ausente». Pero cuando aparece, aparece como jefe absoluto de una estructura donde poder político, poder económico y autoridad religiosa se concentran extraordinariamente en una sola persona: Mohamed VI no es únicamente rey, es también Comendador de los creyentes, una condición religiosa que da a la Corona marroquí una legitimidad que va mucho más allá de la que conserva cualquier monarquía parlamentaria europea.
Por eso resulta todavía más llamativa la indulgencia internacional con la que se le trata. La diplomacia lo recibe. Los gobiernos negocian con él. Los grandes empresarios buscan acuerdos. Las instituciones deportivas cortejan a Marruecos. Las fotografías oficiales lo presentan como un mandatario más. Incluso el fútbol se ha convertido en escenario de esa normalización: durante las celebraciones de la Fiesta del Trono estuvo presente el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en un momento en que Marruecos aspiraba a reforzar su protagonismo dentro del Mundial de 2030 que organiza junto con España y Portugal. Dinero, deporte, diplomacia y geopolítica. En medio de todo eso desaparece, con demasiada frecuencia, la pregunta esencial: ¿cómo viven los ciudadanos de ese país?
La contradicción alcanzó uno de sus momentos más brutales cuando las celebraciones reales coincidieron con una situación dramática en las proximidades de Ceuta. Mientras se desarrollaban los actos de la Fiesta del Trono y Mohamed VI seguía con su agenda entre Rincón y Tetuán, a escasos kilómetros otras personas intentaban alcanzar territorio español por mar. El rey no modificó sus planes. Es imposible contemplar ambas escenas sin compararlas: en una, recepciones oficiales, diplomáticos, autoridades, palacios y celebraciones; en la otra, personas entrando en el agua para intentar llegar a Europa. Entre las dos, apenas unos kilómetros.
Resulta todavía más significativo porque Ceuta ocupa un lugar especial en el imaginario político marroquí. Rabat mantiene su reivindicación sobre Ceuta y Melilla, que considera territorios pendientes de «recuperar» —conviene recordar, aunque sea al margen, que Ceuta es española desde 1580 y Melilla desde 1497, es decir, desde bastante antes de que la dinastía alauí, fundada en 1631, existiera siquiera como idea—. Mohamed VI disfruta así de una de sus residencias predilectas prácticamente frente a una ciudad española cuya soberanía su Estado cuestiona. La historia ofrece incluso una escena casi surrealista al respecto: en 2014, una embarcación de la Guardia Civil se aproximó al yate de Mohamed VI frente a las costas de Ceuta y sus agentes solicitaron identificar a sus ocupantes. Cuando comprobaron quién se encontraba allí, el rey respondió, según se contó después, con una pregunta que resume medio reinado: «¿No saben quién soy?». El incidente adquirió dimensión diplomática y acabó requiriendo contactos al máximo nivel —el propio Felipe VI tuvo que intervenir— para evitar que la situación escalara. Es una magnífica metáfora de todo lo demás: un hombre al que molesta que le pidan el DNI en su propio mar de al lado puede, sin despeinarse, navegar, residir durante largas temporadas fuera de Marruecos, desplazarse entre palacios y propiedades privadas, y ser recibido internacionalmente con todos los honores. Sus compatriotas menos afortunados tienen posibilidades bastante distintas.
Por eso quizá la cuestión no sea cuánto dinero tiene Mohamed VI, ni siquiera cuántos palacios posee. La pregunta incómoda es cómo se ha llegado a aceptar como normal que una de las mayores fortunas del continente africano esté en manos del soberano de un país del que tantos ciudadanos intentan escapar, buscando en Europa una vida que no encuentran en casa. Las monarquías no deberían juzgarse por el número de palacios de sus reyes, sino por las condiciones en las que viven sus súbditos. Y cuando hay menores dispuestos a cruzar solos una frontera, jóvenes que arriesgan la vida en el mar y familias que consideran que el futuro de sus hijos está necesariamente fuera del país, el problema ya no puede despacharse hablando únicamente de inmigración. También hay que mirar hacia el palacio. Hacia sus doce palacios, hacia sus yates, hacia sus propiedades, y hacia el hombre que los ocupa.
Cuando Mohamed VI vuelva a ser recibido entre honores, fotografías y sonrisas oficiales, convendrá recordar que la riqueza de un gobernante no convierte automáticamente en respetable al sistema que representa. El verdadero retrato de Marruecos no está solamente en los salones donde reciben a su rey. Está también en el adolescente que mira hacia Ceuta desde la otra orilla y piensa que merece la pena arriesgarlo todo con tal de marcharse.
Redacción. A 9 de agosto de 2026.