El oscargután vuelve a salir de la jaula: atacar al Rey cuando hay demasiado que ocultar

Foto: Ministerio de la Presidencia. Gobierno de España / Wikimedia Commons (CC BY 2.0)
Óscar Puente ha vuelto a hacerlo. El ministro de Transportes, denominado despectivamente «Óscargútán» por algunos de sus críticos, tanto por sus maneras broncas como por las burlas que hacen sobre su aspecto físico, ha decidido volver a salirse de la jaula mediática en pleno verano. Esta vez el objetivo elegido no ha sido un periodista, un dirigente de la oposición o uno de los innumerables usuarios de las redes sociales con los que acostumbra a revolcarse dialécticamente. Esta vez ha decidido señalar directamente al Rey de España.
Y lo hace, casualmente, en uno de esos momentos en los que al PSOE le interesa extraordinariamente que los españoles miren hacia cualquier sitio menos hacia donde están ocurriendo las cosas verdaderamente importantes.
El episodio que relata José Antonio Zarzalejos en el artículo es bastante sencillo. Durante la toma de posesión del presidente colombiano, Felipe VI saludó a Javier Negre, le dio la mano y accedió a hacerse una fotografía con él. Una escena de unos segundos de duración, absolutamente habitual para un jefe del Estado que participa en centenares de actos y saluda a miles de personas.
Puente decidió convertir aquello en una cuestión nacional.
Repescó en X un mensaje de un perfil anónimo que terminaba con un «¡República ya!» y calificó la situación de «absoluta ignominia».
Un ministro del Gobierno de España utilizando públicamente semejantes términos contra la actuación del jefe del Estado porque este se había fotografiado con un periodista que no gusta al ministro.
Ahí está la noticia.
Porque Puente no es un tuitero anónimo. No es un tertuliano. No es el secretario de propaganda de una asociación republicana. Es ministro del Gobierno de España, miembro del Consejo de Ministros y una persona que ha prometido ejercer su cargo respetando el orden constitucional del que Felipe VI forma parte.
Puede ser republicano. Puede defender una reforma constitucional. Puede considerar que España estaría mejor sin monarquía. Está en su derecho.
Otra cosa muy distinta es convertir sus obsesiones políticas personales en un señalamiento público contra el Rey porque este ha cometido el gravísimo pecado de hacerse una fotografía con Javier Negre.
Pero hay una pregunta todavía más interesante:
¿Por qué precisamente ahora?
Porque mientras Óscar Puente monta su numerito veraniego alrededor de una fotografía, el paisaje que rodea al Gobierno de Pedro Sánchez resulta bastante menos agradable.
Está la situación dantesca vivida en Ceuta, con una enorme presión sobre las instituciones y con el propio Gobierno obligado a hablar de la defensa de la integridad territorial española.
Está el permanente goteo judicial que rodea al PSOE y a personas vinculadas de una u otra manera al entorno político del presidente.
Y están, curiosamente, las fotografías de Pedro Sánchez.
Porque si Puente quiere convertir las fotografías en una prueba de contaminación política, quizá convenga empezar por la colección de su propio jefe.
La fotografía de Sánchez con Aldama
Pedro Sánchez se fotografió con Víctor de Aldama.
Cuando aquella imagen comenzó a resultar incómoda, desde el entorno socialista apareció rápidamente el argumento de que un presidente se fotografía con centenares o miles de personas y que semejante imagen, por sí misma, no demuestra prácticamente nada.
Y es cierto.
Un presidente no puede realizar una investigación policial sobre cada individuo que se acerca a pedirle una fotografía.
Pero entonces hay una consecuencia elemental:
exactamente la misma doctrina debe aplicarse al Rey.
No puede sostenerse que Pedro Sánchez aparece junto a alguien problemático porque «cualquiera se hace una foto con cualquiera» y, simultáneamente, considerar una «ignominia» que Felipe VI acepte fotografiarse con un periodista español.
O la fotografía significa algo o no significa nada.
Lo que no puede cambiar es la doctrina dependiendo de quién sale retratado.
Y la cuestión de Aldama resulta todavía más incómoda porque ya no hablamos simplemente de un señor que un día se encontró casualmente con Sánchez en un pasillo.
Su nombre ha terminado íntimamente ligado a algunos de los episodios judiciales que han rodeado al socialismo durante estos últimos años.
Pero aquello no pareció provocar en Óscar Puente una crisis moral comparable.
No hubo «ignominia».
No hubo ataque a Sánchez.
No hubo republicanismo fotográfico.
No hubo jaula abierta.
Leire Díez y las compañías incómodas
También aparece Leire Díez, cuyo nombre ha terminado entrando de lleno en investigaciones y polémicas sobre presuntas operaciones destinadas a obtener información comprometedora contra determinadas personas relacionadas con investigaciones que afectaban al PSOE.
Aquí conviene mantener algo elemental en cualquier Estado de derecho: mientras no exista una condena, existe presunción de inocencia.
Pero políticamente la cuestión continúa siendo evidente.
Cuando alrededor del partido empiezan a aparecer personas investigadas, grabaciones, reuniones, intermediarios y personajes próximos a diferentes estructuras del poder socialista, resulta bastante difícil convencer a los ciudadanos de que el asunto verdaderamente trascendental para España es que Felipe VI haya estrechado la mano de Javier Negre.
Y todavía queda Juan Manuel Serrano.
No estamos hablando de alguien que se cruzó casualmente con Pedro Sánchez durante cinco segundos.
Estamos hablando de quien fue uno de sus colaboradores más próximos, jefe de gabinete y después presidente de Correos.
Un hombre de la máxima confianza política del presidente.
Y cuando personas que han ocupado semejantes posiciones tienen que aparecer ante los tribunales dentro de investigaciones judiciales, cabe pensar que un ministro de España dispone de materias algo más importantes sobre las que preocuparse que una fotografía del Rey.
El extraordinario doble rasero
Aquí aparece la esencia de toda la historia.
Cuando Pedro Sánchez aparece fotografiado con alguien que posteriormente se convierte en un problema político:
una fotografía no significa nada.
Cuando Felipe VI aparece durante unos segundos junto a Javier Negre:
«absoluta ignominia».
Cuando alguien próximo al PSOE aparece investigado:
presunción de inocencia, prudencia y respeto a los tribunales.
Correcto.
Cuando alguien ideológicamente situado enfrente se aproxima al Rey:
escándalo nacional.
Ese doble rasero es precisamente lo que convierte el episodio en algo más que otra salida de tono de Óscar Puente.
Porque el ministro parece querer decidir no solamente con quién puede hablar un político, sino qué españoles son suficientemente dignos para acercarse al jefe del Estado.
Felipe VI no necesita la autorización de Ferraz para saludar a un ciudadano.
Tampoco necesita que Óscar Puente le entregue una lista de periodistas autorizados y periodistas apestados.
El Rey representa institucionalmente a España, no al PSOE.
Puede saludar a Javier Negre.
Puede saludar a un periodista de izquierdas.
Puede saludar a un republicano.
Puede saludar a alguien que critique ferozmente a la Corona.
Porque precisamente para eso existen las instituciones: para representar también a quienes no piensan como quien gobierna.
Puente, especialista en fabricar incendios
Pero nada de esto resulta demasiado sorprendente tratándose de Óscar Puente.
Puente ha construido buena parte de su personaje político alrededor de la bronca permanente.
Siempre necesita alguien contra quien disparar.
Un periodista.
Un político.
Un empresario.
Un usuario de X.
Un medio de comunicación.
Ahora el Rey.
Esa capacidad para fabricar conflictos tiene, además, una extraordinaria utilidad para el Gobierno.
Cada vez que Puente provoca un incendio, durante unas horas todo el mundo corre hacia él.
Las televisiones hablan de Puente.
Las radios hablan de Puente.
Las redes discuten sobre Puente.
La oposición responde a Puente.
Y mientras todos contemplan el espectáculo del ministro saltando nuevamente de rama en rama, otros asuntos desaparecen temporalmente del escaparate.
Aldama queda un poco más lejos.
Leire Díez queda un poco más lejos.
Serrano queda un poco más lejos.
Ceuta queda un poco más lejos.
Y el foco se coloca milagrosamente sobre Javier Negre y Felipe VI.
Qué casualidad.
El Rey como cortina de humo
Atacar a la Corona tiene además una ventaja política evidente.
Garantiza polémica.
Divide inmediatamente a la sociedad entre monárquicos y republicanos.
Genera titulares.
Moviliza a la izquierda más radical.
Obliga a reaccionar a la derecha.
Y durante uno o dos días cambia completamente el terreno de juego.
En lugar de corrupción, se habla de monarquía.
En lugar de juzgados, del Rey.
En lugar de las compañías de Sánchez, de Javier Negre.
En lugar de Ceuta, de una fotografía.
Es difícil encontrar una cortina de humo más barata.
Y Puente parece encantado de prenderla.
Eso permite comprender por qué su figura resulta tan útil para Pedro Sánchez. Mientras el presidente mantiene una apariencia institucional, siempre existe un ministro dispuesto a descender al barro, provocar la pelea y atraer hacia sí todo el ruido.
Puente ejerce perfectamente ese papel.
Pero existe una frontera que hasta ahora apenas se había cruzado: utilizar esa estrategia directamente contra la persona del Rey.
Eso es lo que convierte este episodio en especialmente grave.
Un ministro no debería comportarse como un trol
Un ministro puede ser contundente.
Puede criticar.
Puede discutir.
Incluso puede equivocarse.
Pero debería existir alguna diferencia entre ocupar un ministerio y administrar una cuenta anónima de X.
Óscar Puente parece olvidar esa diferencia con demasiada frecuencia.
La responsabilidad institucional exige precisamente aquello que menos parece interesarle: contención.
No porque el Rey sea intocable.
No porque no pueda criticarse a Felipe VI.
Sino porque un miembro del Gobierno tiene obligaciones institucionales que un ciudadano corriente no tiene.
Y convertir en «ignominia» que el Rey salude a una persona que desagrada ideológicamente al ministro transmite una concepción inquietante del poder.
Una España dividida entre ciudadanos aceptables y ciudadanos indeseables.
Periodistas a los que se puede saludar y periodistas a los que hay que apartar.
Medios amigos y medios enemigos.
Personas dignas de instituciones y personas que deben quedar fuera.
Eso no es pluralismo.
Es sectarismo.
Mucho ruido para que no miremos detrás
Y así llegamos al fondo.
España tiene problemas bastante más importantes que resolver.
El Gobierno tiene explicaciones bastante más importantes que ofrecer.
Los tribunales continúan trabajando.
Personas vinculadas directa o indirectamente al entorno socialista continúan apareciendo en procedimientos judiciales.
Y el PSOE sigue teniendo que explicar demasiadas relaciones, demasiadas reuniones y demasiados personajes.
Pero en medio de todo eso aparece nuevamente Óscar Puente.
Óscargútán, como lo llaman despectivamente sus críticos, vuelve a salirse de la jaula.
Esta vez para señalar al Rey.
Para indignarse por una fotografía.
Para montar otra batalla.
Para producir ruido.
Muchísimo ruido.
Porque quizá de eso se trata.
Que mientras España discute sobre a quién puede estrechar la mano Felipe VI, nadie pregunte durante unas horas con quién se fotografió Pedro Sánchez, quién estuvo sentado en sus despachos, quién trabajó a su lado, quién terminó delante de un juez y qué está sucediendo realmente alrededor del poder socialista.
Puente vuelve a hacer su trabajo.
El problema es que cada vez resulta más evidente cuál es.