octubre 7, 2026

Cuanto más grita, menos tapa (Elogio del Oscargután)

Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, en la escalinata del Consejo de Ministros

Foto: Pool Moncloa / José Manuel Álvarez

LOS ETÓLOGOS llevan décadas explicándolo sin que la clase política haya tomado nota: el simio que se golpea el pecho y brama no es, casi nunca, el más fuerte del grupo. Es el que sabe —o intuye, con esa inteligencia oscura de la supervivencia— que un despliegue aparatoso y sonoro puede ahorrarle la pelea que perdería si de verdad tuviera que darla. El ruido, en la selva y fuera de ella, rara vez certifica poder: casi siempre lo suple y lo disimula.

Algo de esto sabrá Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, a quien sus críticos —con Federico Jiménez Losantos a la cabeza, que le puso el mote después de que el ministro llamara «yonqui» a Javier Milei— rebautizaron como «Oscargután» (mote que, conviene aclarar, no ha inventado este periódico, sino la troncha verbal del propio Losantos). El apodo, cruel como son casi todos los apodos que aciertan, se le ha quedado pegado con la tenacidad de lo verdadero: porque Puente, en efecto, grita. Grita en la tribuna, grita en la red social que antes se llamaba de otra manera, grita con una vehemencia que a estas alturas ya no busca convencer a nadie, sino simplemente ocupar el espacio sonoro antes de que otro lo ocupe con preguntas.

Y conviene preguntarse, con la paciencia de quien ya ha visto esta película otras veces: ¿qué es lo que tanto ruido pretende tapar? ¿Qué necesidad tiene de golpearse el pecho quien no tiene nada que temer?

Este Puente dirige un ministerio del que depende la Sociedad Estatal de Infraestructuras del Transporte Terrestre (Seitt), la empresa pública que gestiona las autopistas rescatadas por el Estado. Y en enero de 2024 su departamento nombró director general de esa empresa a Juan Manuel Serrano —Juanma Serrano, para los amigos, y Sánchez lo es desde que fue su jefe de gabinete hasta 2018—, recién salido de presidir Correos, donde dejó unas pérdidas acumuladas que rozan los 1.200 millones de euros y una fama, ganada a pulso, de haber sido, sin matices ni medias tintas, en palabras de los sindicatos CCOO y UGT (que le montaron una huelga general de tres días en junio de 2022), el peor presidente de la historia de Correos.

Por dirigir las autopistas del Estado, este Serrano cobró 156.320 euros —125.067 de sueldo fijo, el resto en variable ligado a objetivos— antes de marcharse, discretamente, el 26 de febrero de 2025. Cobijo bien pagado, se mire como se mire, para quien venía de hundir una empresa pública.

Pero el sueldo no es el problema. El problema es lo que ese cobijo podría estar tapando.

Porque mientras presidía Correos, este mismo Serrano adjudicó —el 7 de diciembre de 2022, un día después de que el entonces presidente de la Sepi, Vicente Fernández, mantuviera una conversación con Leire Díez, la ya célebre «fontanera» del PSOE— un contrato de 180.138 euros al despacho SDEP & Carrillo Abogados. Un contrato que, según la Guardia Civil, presenta indicios que apuntarían a su carácter fraudulento, y que la propia Correos ocultó a Transparencia con un silencio administrativo tan prolongado que el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno acabó fallando en contra del Gobierno. La Unidad Central Operativa no se anda con eufemismos: Serrano, dice su informe, podría ser conocedor de las circunstancias de este contrato.

Vicente Fernández, por su parte, recibió de ese mismo despacho 213.995 euros entre 2022 y 2024. Los dos abogados que lo firman, Juan Antonio Carrillo Donaire y Laura Babío De Pablos, están imputados por su presunta participación en la trama de la Sepi, que investiga la Fiscalía Anticorrupción por el presunto cobro de comisiones a cambio de contratos públicos.

No es en absoluto casual que el hombre a quien el ministerio de Puente rescató con un sueldo de seis cifras sea, precisamente, el mismo que la Guardia Civil sitúa dentro del radio de un contrato con indicios de fraude. No es infrecuente, ay, que quien más necesita un empleo de confianza sea quien más incómodo resulta dejar en la calle, libre para hablar. ¿Sabía Puente a quién estaba colocando? ¿Le importó? ¿O el gesto —cobijar, proteger, blindar— formaba ya parte de ese pacto tácito que sostiene a este Gobierno, donde cada favor de ayer se cobra en silencio hoy?

El Oscargután seguirá gritando, cuenta con ello: a la oposición, a los periodistas, al primer tuitero que se le cruce por delante. Cuanto más alto brame, más motivos habrá para preguntarse qué es lo que tanto teme que se le vea detrás del gesto. Porque en la selva, como en Moncloa, el que se golpea el pecho no está demostrando fuerza. Está pidiendo que nadie mire hacia otro lado.

Sus críticos, esta vez, acabarán teniendo razón. Y no hará falta ni que lo celebren.

Redacción. A 24 de agosto de 2026.

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