agosto 10, 2026

La comunidad vasca no es un país: es una región española en la que el NAZIonalismo ha conseguido que ser español parezca sospechoso

Hay algo profundamente podrido cuando, dentro de España, un ciudadano puede terminar sintiéndose extraño por decir que es español.

Y eso es exactamente lo que denuncia, desde otro ángulo, Ricardo Arana Mariscal en una entrevista reciente. No hablamos de un enemigo del euskera ni de alguien llegado de fuera. Nació en Bilbao, ha dado clase durante 40 años en euskera y castellano, fue responsable de Enseñanza de CCOO y trabajó en el equipo de la socialista Isabel Celaá en el Gobierno vasco.

Precisamente por eso resulta tan demoledor que afirme que EH Bildu lleva mucho tiempo liderando la política lingüística vasca y que los sectores más radicales están imponiendo desde hace años un modelo que los antiguos consensos educativos no contemplaban.

Conviene empezar por una obviedad que el nacionalismo lleva décadas intentando difuminar: el País Vasco no es un Estado ni un país soberano. Es una comunidad autónoma de España. El país es España.

Se puede desear legítimamente otra cosa.

Se puede ser independentista.

Se puede votar a Bildu o al PNV.

Se puede intentar modificar la Constitución.

Lo que no puede hacerse es construir poco a poco una sociedad en la que quien se siente español tenga que justificar su existencia mientras quien rechaza España disfruta sin complejos de todas sus instituciones.

Una lengua convertida en control de acceso

El problema no es el euskera.

El euskera merece protección, promoción y respeto.

La mierda comienza cuando una lengua deja de servir fundamentalmente para comunicarse y se utiliza para clasificar a los ciudadanos.

Y eso es exactamente lo que denuncia Arana.

Según él, el euskera ha pasado de ser un elemento de comunicación a convertirse en «un elemento de clasificación social». Habla de un «casting permanente» en el que el ciudadano tiene que demostrar si merece determinadas oportunidades educativas, profesionales o administrativas.

Más claro resulta imposible.

No se trata ya de hablar euskera.

Se trata de determinar quién es suficientemente vasco.

Quién entra.

Quién queda fuera.

Quién consigue una plaza.

Quién tiene que demostrar más que los demás.

Y finalmente quién «sobra».

Porque el propio Arana lo dice expresamente al referirse al señalamiento de quienes no siguen determinadas pautas de la izquierda abertzale:

«Si no sigues su camino, sobras en este país. Ya no eres un ciudadano de pleno derecho».

Eso debería hacer saltar todas las alarmas.

El 20% imponiendo el requisito al 80%

La realidad lingüística que describe Arana hace todavía más incomprensible el sistema.

Sitúa aproximadamente en el 20% el número de vascohablantes y denuncia que al restante 80% se le aplican exigencias lingüísticas que únicamente una minoría puede cumplir con naturalidad.

Y no se limita al empleo público.

También alcanza la educación.

Para el próximo curso, sostiene, únicamente habrá una escuela pública en toda la comunidad, en Arraia-Maeztu, Álava, que utilice el castellano como lengua de trabajo con los niños de entrada de dos años. Los demás centros están concebidos con el euskera como lengua vehicular.

Estamos hablando de España.

De niños españoles.

Muchos de ellos con el castellano como lengua materna.

Y el resultado, según Arana, castiga especialmente a quienes tienen menos recursos, incluidos inmigrantes que llegan con castellano, francés, wolof u otras lenguas.

Él mismo lo denomina «absolutamente clasista».

Y encima el euskera no está retrocediendo

Aquí se desmonta una de las justificaciones habituales.

Arana afirma exactamente lo contrario de que el euskera se encuentre al borde de la desaparición.

Dice que vive su mejor momento, que su transmisión está asegurada, que cada vez lo conoce más gente, que se utiliza en las instituciones y que su presencia cultural nunca había sido tan grande.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿para qué seguir elevando barreras?

Si la lengua está más protegida que nunca, ¿por qué convertirla en un filtro administrativo y educativo?

Porque aquí empieza a resultar difícil distinguir dónde termina la promoción lingüística y dónde comienza la ingeniería identitaria.

Ochenta ceros

El episodio de la PAU parece una caricatura.

Ochenta ceros en euskera en un mismo tribunal con alumnos castellanohablantes.

Arana afirma que estadísticamente la posibilidad de semejante resultado sería comparable a que tocara el Euromillón.

Su explicación es que se aplicaron criterios extremadamente restrictivos y niveles de exigencia difícilmente alcanzables para muchos estudiantes.

¿Ése es el objetivo de una lengua?

¿Hacer que los chavales la aprendan?

¿O utilizarla para separar a quienes pasan el filtro de quienes no?

Mientras tanto, según el propio entrevistado, el sistema educativo presenta resultados mediocres, problemas graves en competencias científicas y resultados especialmente malos entre alumnado extranjero y de segunda generación.

Es decir: se sacrifica capacidad educativa real mientras continúa elevándose la carga ideológica.

Bildu marca el terreno y el PNV lo sigue

Ésta quizá sea la parte políticamente más importante de la entrevista.

Arana no afirma simplemente que EH Bildu influya.

Dice:

«Desde hace mucho tiempo la política lingüística de Euskadi está liderada por el sector más radical, por EH Bildu».

Y añade que el PNV ha ido entrando en la política lingüística de la izquierda abertzale.

Ése es el verdadero éxito del radicalismo.

No necesita gobernarlo todo para conseguir que los demás acepten su marco mental.

El nacionalismo más extremo fija el terreno y los demás se desplazan hacia él.

España convertida en algo vergonzante dentro de España

Ésta es probablemente la consecuencia más grotesca.

En determinadas circunstancias parece que decir «soy español» requiere una explicación mientras proclamarse enemigo de España concede prestigio político.

No.

Un ciudadano de Bilbao es español exactamente igual que uno de Badajoz, Madrid, Sevilla o Zaragoza mientras la legislación vigente diga lo contrario.

Y quien considere intolerable semejante realidad dispone de elecciones, partidos, manifestaciones y procedimientos legales para intentar cambiarla.

Eso es democracia.

Lo que no cabe es que un ciudadano tema exhibir una bandera española dentro de España.

Quien agrede a una persona por llevarla no está defendiendo Euskadi.

Está cometiendo una agresión.

Y quien amedrenta a otro por sentirse español no es un libertador.

Es un matón.

Que miren el pasaporte

Hay una prueba extraordinariamente sencilla para determinados discursos.

Que miren el pasaporte.

Que miren el DNI.

Que miren qué Administración paga sus cargos públicos.

Qué Estado reconoce sus derechos.

Qué sistema judicial protege sus libertades.

Qué Constitución les permite presentarse a unas elecciones y defender incluso la desaparición del propio Estado.

España.

Pueden odiarla.

Pueden intentar democráticamente abandonarla.

Pero mientras tanto no pueden pretender que quienes se sienten españoles sean extranjeros en su propia tierra.

Y Franco murió hace más de cincuenta años

También resulta agotador utilizar permanentemente la misma coartada histórica.

Franco murió en 1975.

Arana denuncia precisamente el «cinismo puro» de recuperar continuamente la memoria de la República y de la Guerra Civil mientras se olvidan los años muchísimo más recientes del terrorismo vasco.

Se puede condenar a Franco todas las veces que sea necesario.

Pero Franco no explica que décadas después alguien golpee a otro por una bandera española.

Ni explica que se señale políticamente al discrepante.

Ni convierte al nacionalismo radical en propietario moral del País Vasco.

Ya han pasado más de cincuenta años.

Es hora de asumir responsabilidades contemporáneas.

Porque España no ocupa el País Vasco.

El País Vasco forma parte de España.

Y a quien no le guste le corresponde convencer democráticamente a los demás.

No intimidarlos.

Redacción. A 9 de agosto de 2026.

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