octubre 9, 2026

Cuatro ministros a los pies de Rabat (y una que se acordó de que Ceuta es España)

Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, con la cartera ministerial en La Moncloa

Fernando Grande-Marlaska, ministro del Interior, a la salida de La Moncloa. Foto: Pool Moncloa / Cesar P. Sendra (Gobierno de España, Wikimedia Commons).

A los agradecidos les ocurre lo que a los enamorados: cuanto más motivos tienen para la desconfianza, más se afanan en encontrar méritos que celebrar. Algo parecido —sin el enamoramiento, que sería mucho pedirle a un Consejo de Ministros— lleva sucediéndole cuatro semanas al Gobierno de España con Marruecos.

Mañana se cumple un mes exacto desde que empezó la crisis migratoria de Ceuta, y la ciudad autónoma sigue con manifestaciones y algún conato de violencia que, según quienes lo siguen de cerca, tiene toda la pinta de alargarse. La vuelta de vacaciones de Pedro Sánchez ha traído consigo, en cambio, algo más previsible que el buen tiempo: el desfile ordenado de sus ministros por el Congreso de los Diputados, todos con el mismo cuaderno de deberes. Agradecer a Rabat la cooperación. Exculparlo de cualquier vínculo con la entrada de 72.000 personas. Repetir, con matices, un mismo puñado de adjetivos: confianza, lealtad, fiable, ejemplar. De los cinco ministros que han pasado por la tribuna, solo uno, Margarita Robles, se acordó de reivindicar la españolidad de la ciudad y de pedir perdón a los ceutíes. Los otros cuatro merecen capítulo aparte.

Félix Bolaños, ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, abrió el fuego con el tono de quien da la discusión por zanjada antes de empezarla. A los diputados de PP y Vox que le preguntaron por la entrada ilegal de miles de personas les recetó, textualmente, «un curso acelerado de diplomacia básica». Este ministro, que ha hecho de la ironía administrativa una segunda lengua, remató: «No existe ninguna evidencia de que Marruecos haya lanzado la entrada masiva de inmigrantes en España. Los bulos, las insidias y las sospechas no llegan a ningún sitio». Instó, de paso, a «no faltar el respeto» al país vecino, como si el respeto fuera lo que estuviera en juego, y no las setenta y dos mil personas que cruzaron una frontera en unos pocos días de julio.

Fernando Grande-Marlaska no le fue a la zaga. Fue, de hecho, de los primeros en enaltecer la labor de las autoridades marroquíes, y lo hizo por escrito, mediante un comunicado fechado el 30 de julio, mientras los extranjeros seguían entrando en Ceuta desde el lado marroquí. Días después presumía de una «estrecha relación» en materia de repatriación, aunque los propios datos de su departamento sitúan en 5.000 los inmigrantes que, a estas alturas, siguen deambulando por la ciudad sin que nadie sepa muy bien qué hacer con ellos. El ministro del Interior reservó, además, buena parte de su comparecencia para alimentar y sostener el discurso contra la ultraderecha y pedir refuerzos a Frontex: dos tareas, conviene notarlo, bastante más sencillas que resolver la crisis que se le atribuye gestionar.

José Manuel Albares, jefe de la diplomacia española, empleó los mismos términos que sus compañeros y añadió un ingrediente propio: la mirada puesta en Roma antes que en Rabat. Ante la Comisión de Exteriores calificó la relación con el país que reina Mohamed VI de «indispensable», defendió que su ministerio se había comunicado con Marruecos «desde el primer momento» y aseguró haber rechazado las palabras del ministro de Justicia marroquí sobre la soberanía de Ceuta y Melilla, sin que se sepa, hasta la fecha, en qué haya consistido ese rechazo más allá de la propia frase que lo anuncia. La respuesta contundente la reservó, en cambio, para Italia, a la que acusó de imponer controles fronterizos por puro interés «partidista». «Cuanto más le escucho, menos le comprendo», resumió un diputado de ERC. No le faltaba razón.

Elma Saiz, ministra de Migraciones, fue todavía más allá en los agradecimientos a Rabat, y lo compaginó con la costumbre —cada vez más extendida en este Gobierno— de subrayar la españolidad de Ceuta y Melilla solo después de que alguien en Marruecos la haya puesto en duda. Aseguró haber trasladado esa españolidad «de forma muy clara» y haber rechazado, por todos los cauces diplomáticos posibles, las declaraciones marroquíes contrarias a la integridad territorial española. Ni ha habido, ni hay, ni habrá, dijo, ningún tipo de conversación al respecto. Convendría preguntarse por qué hace falta repetirlo tantas veces si de verdad no la hay.

Todo este agradecimiento coral se sostiene, además, sobre un fondo poco agradecido. El propio ministro de Justicia marroquí ha llegado a decir, en una entrevista televisiva, que Ceuta y Melilla «son nuestras tierras», que Marruecos tiene «su propia política para abordar este tema con paciencia y a largo plazo», y que a sus compatriotas que marchaban hacia Ceuta no había manera de «impedirles que pensaran» que la ciudad «es marroquí». Nadie en la Moncloa ha considerado que esas tres frases mereciesen algo más que un rechazo de trámite.

Desde la oposición no falta quien lea la escena en clave de chantaje. En Génova hablan de que Sánchez está «claudicando» ante Rabat, y la portavoz del PP, Ester Muñoz, ha preguntado, sin obtener respuesta, si la mansedumbre del Gobierno guarda alguna relación con el espionaje que el Estado marroquí practicó en 2021, con el software Pegasus, sobre los teléfonos de varios miembros del Ejecutivo, Sánchez incluido. Todos sabemos, ha deslizado, que lo del 30 de julio no fueron setenta u ochenta mil personas que se pusieron de acuerdo por redes sociales de la noche a la mañana.

Cuatro ministros, un mismo cuaderno de adjetivos, y un país vecino que, mientras los escucha dar las gracias, sigue reclamando la ciudad por la que se las dan. Habrá quien llame a esto diplomacia. Otros lo llamarán, simplemente, de rodillas.

Redacción. A 30 de agosto de 2026.

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