Lindsay Clancy: la enfermera que mató a sus tres hijos divide a Estados Unidos

Juzgado del condado de Plymouth (Massachusetts). Foto: Raime / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
El 24 de enero de 2023, en Duxbury, una localidad a las afueras de Boston, Lindsay Clancy, enfermera de profesión, estranguló a sus tres hijos mientras su marido, Patrick Clancy, hacía recados fuera de casa. Cora, de 5 años, y Dawson, de 3, murieron ese mismo día; Callan, de solo ocho meses, falleció tres días después. Tras el crimen, Clancy intentó quitarse la vida saltando desde la ventana del segundo piso; sobrevivió, pero quedará en silla de ruedas de por vida. Reconoció de inmediato ser la autora de los hechos.
Más de tres años después, el juicio se celebra en un juzgado de Plymouth, en el Estado de Massachusetts, y se ha convertido en un espejo en el que cada bando ideológico de Estados Unidos ve reflejado lo que ya pensaba de antemano. La defensa sostiene que Clancy sufrió una psicosis posparto, un trastorno mental grave —y poco común, hasta el punto de que ni siquiera figura como entidad propia en el manual DSM-5 de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría— que la haría no responsable penalmente de sus actos. Pablo del Sol, psiquiatra infantil e investigador de la Universidad de Columbia, ha insistido en el juicio en la necesidad de distinguir esa psicosis de la depresión posparto, mucho más habitual: la primera, ha explicado, «incluye ideaciones delirantes como el convencimiento de que hay una amenaza real o la escucha de voces».
No es la primera vez que la justicia estadounidense se enfrenta a un dilema semejante. Hace veinte años, Andrea Yates, una mujer de Texas, ahogó a sus cinco hijos y fue declarada no culpable por sufrir una enfermedad mental; aquel precedente sobrevuela ahora la sala de Plymouth.
El relato clínico que ha ido emergiendo en el juicio describe a una mujer que siempre había querido ser madre y a la que las cosas se torcieron tras su segundo embarazo, hasta desembocar, con el nacimiento de Calan, en episodios de pánico, pensamientos acelerados e ideas suicidas, y en un miedo creciente a que algo terrible estaba a punto de suceder. Clancy recurrió a varios psiquiatras, llegó a estar ingresada en una clínica mental y le recetaron más de una decena de fármacos para una depresión posparto severa. Nadie dio con la tecla adecuada para curarla.
Uno de los momentos más estremecedores del juicio lo aportó el psicólogo Paul Zeizel, que trató a Clancy docenas de veces en los últimos tiempos y compareció a petición de la defensa: la misma mujer que acabaría con la vida de sus hijos le dijo en una ocasión, al cogerle la mano, «estoy contenta de que mis hijos estén ahora a salvo». La acusación, sin embargo, rechaza de plano el relato de la enfermedad incapacitante. La fiscal Shanan Buckingham ha sostenido que Clancy actuó «de forma fría y calculadora» y que «sabía exactamente lo que estaba haciendo».
Patrick Clancy, marido y padre de los tres pequeños, ha salido en defensa pública de su mujer frente a quienes la juzgan sin conocerla: «La Lindsay real era una mujer generosa y cariñosa con todo el mundo», ha declarado. Además, ha demandado a los médicos que la trataron, a los que acusa de no haber sabido controlar cómo reaccionaba a la medicación ni de haber atendido con la debida atención a una paciente con salud mental tan deteriorada. Una campaña de GoFundMe, mientras tanto, ha recaudado ya más de un millón de dólares para ayudar a los padres de Lindsay a costear los gastos de tres años de viajes en apoyo de su hija.
El caso ha encontrado un eco particular entre sectores conservadores de Estados Unidos, que lo han convertido en munición para su propio relato sobre las carencias del sistema de salud mental. El escritor de ultraderecha Matt Walsh, con varios millones de seguidores en la red social X, escribió a Clancy tras conocer su historia: «Esto no debería ser motivo de controversia». En redes sociales, mientras tanto, no faltan quienes cargan por sistema la responsabilidad sobre la madre en este tipo de casos extremos y sospechan, sin prueba alguna, de una implicación oculta del padre; frente a ellos, grupos de apoyo —algunas de cuyas integrantes han acudido vestidas de rosa a las puertas del juzgado— sostienen que la historia de Clancy revela, más que la de una asesina, la de una mujer con un problema psiquiátrico grave a la que nadie supo ayudar a tiempo.
El juicio continúa estos días y el veredicto sigue siendo incierto.
A la tragedia americana le sucede lo que a tantas otras: no bien ocurre, cada bando se apresura a extraer de ella la lección que ya traía preparada de casa. No es infrecuente en absoluto que un mismo suceso sirva de argumento y de contraargumento a la vez: para unos, prueba palmaria de que el sistema sanitario abandona a la madre reciente; para otros, coartada de diseño para disculpar lo que no tiene disculpa. La psiquiatría, generosa donde antes solo había juicio moral, ha ido llenando de nombres clínicos —psicosis posparto, trastorno disociativo, episodio de estrés agudo— el hueco que antes ocupaba, sin más ceremonia, la palabra monstruo. Puede que haga bien: nadie en su sano juicio querría volver a la época en que toda locura se despachaba como simple maldad. Pero conviene no perder de vista que ese mismo vocabulario, tan compasivo, sirve lo mismo para comprender a una enferma que para blanquear a una asesina, y que la frontera entre ambas cosas la sigue trazando, a falta de árbitro mejor, un jurado de doce personas que no ha leído el DSM-5 ni falta que le hace. El veredicto, sea el que sea, no va a devolverle la vida a Cora, a Dawson ni a Callan. Ese detalle, tan pequeño, se le suele olvidar a los dos bandos.
Otros casos que han dividido a la opinión pública internacional en los últimos meses: el escándalo Epstein y la crisis de la monarquía británica.
Redacción. A 26 de agosto de 2026.