El Gobierno gasta el triple en el Falcon que en los hidroaviones
Un Dassault Falcon 900 del Ejército del Aire, como el que usa la Presidencia del Gobierno. Foto: Curimedia Photography (CC-BY 2.0), vía Wikimedia Commons.
Mientras el incendio de Burgohondo, en Ávila, se instalaba como el mayor de la historia reciente de España —más de 50.000 hectáreas calcinadas y un detenido que ha confesado ante la Guardia Civil haber provocado el fuego con la cadena de una máquina retroexcavadora—, el Gobierno seguía dedicando el grueso de su presupuesto aéreo a mantener en vuelo el avión personal del presidente.
Según ha revelado The Objective, el mantenimiento del Falcon 900 en el que viaja Pedro Sánchez ha costado 58 millones de euros desde 2018, frente a los 17 millones destinados en el mismo periodo a los hidroaviones Canadair y Bombardier que, en palabras del propio medio, «se han convertido en una de las principales armas para combatir los incendios que azotan distintos puntos de la península ibérica». El Estado gasta, en números redondos, tres veces más en mantener en el aire el avión del jefe del Ejecutivo que en mantener en vuelo los aparatos que apagan sus incendios.
El desglose no deja mucho margen a la duda: en julio de 2026 el Ministerio de Defensa firmó un nuevo contrato de 34 millones de euros para el mantenimiento del Falcon —sumado ya a un Airbus A310 y un Cessna Citation V—, un 30% más que en el quinquenio anterior. Los hidroaviones, mientras tanto, se conforman con un acuerdo de soporte logístico de 12 millones firmado en 2019 y partidas sueltas para repuestos: 1,5 millones en hélices, 399.000 euros en neumáticos, 1,45 millones en piezas de motor compartidas con otras aeronaves.
Y la flota, además, ha menguado: de 18 hidroaviones operativos en 2023 quedan 14. Cuatro se vendieron ese año a la empresa estadounidense Bridger Aerospace por 40,3 millones de euros, y dos de los que quedan se han arrendado este mismo julio a Portugal. España se ha quedado con menos aviones para apagar más fuego.
Nada de esto es la causa directa del incendio de Burgohondo, conviene decirlo. La Guardia Civil ha detenido al operario de la máquina que abría un camino forestal para la Asociación de Ganaderos de Burgohondo, que había contratado a la empresa Reforestaciones El Fresno para trazar una vía hacia los pastos de Navarrevisca, atravesando la sierra de Gredos. El trabajo se hacía, según los indicios recabados por los investigadores, con una máquina giratoria equipada con martillo hidráulico pese a la prohibición expresa de la Junta de Castilla y León de usar maquinaria de riesgo en el monte. El presidente de la asociación de ganaderos ha admitido ante la Guardia Civil haber encargado el trabajo, aunque —matiza, según recogió El Mundo— «nunca supimos que iba a utilizar este martillo». Ni el operario ni el propietario de la máquina han sido encarcelados; ambos siguen investigados, uno por incendio forestal, el otro además por un delito contra los recursos naturales, con el agravante de haber afectado a zonas próximas a núcleos habitados.
Así que no, el fuego de Ávila no lo ha encendido el calentamiento global, por mucho que a algunos les convenga repetirlo cada verano como un mantra que exime de responsabilidades concretas. Lo ha encendido un martillo hidráulico que no debía estar en el monte, manejado por alguien a quien, según todos los indicios, a nadie se le ocurrió vigilar. El calentamiento global no contrata máquinas, no incumple prohibiciones autonómicas, no mira para otro lado cuando un vecino avisa de que la retroexcavadora lleva días trabajando donde no debía. Eso lo hacen personas. Descerebrados unas veces, capullos con intereses económicos otras —cabe preguntarse qué terreno calcinado amanece limpio y disponible el año que viene, y para qué—. El monte no arde solo: lo prenden, por torpeza o por cálculo, quienes después se benefician de que quede terreno raso donde antes había arbolado que no se podía tocar.
Y mientras España discute si el operario sabía o no que su máquina echaba chispas, el hombre que gobierna el país que se quema vuela en un avión que cuesta el triple de mantener que los aviones que apagan el fuego. Es un lujo aparatoso disfrazado de necesidad de Estado, la clase de ostentación que exhibe quien nunca ha tenido que dar explicaciones de dónde sale el dinero. Se entiende, además, en quien comparte casa con una mujer investigada por un juzgado de instrucción —causa aún abierta, presunciones que la Justicia deberá aclarar— por presunto tráfico de influencias en torno a un máster universitario y una consultora que llevaba su nombre sin que se sepa muy bien qué trabajo hacía. La ostentación, cuando no se explica el origen, no es elegancia: es la peor forma de nuevo rico, la que necesita enseñar el avión porque no tiene nada más que enseñar.
Redacción. A 30 de julio de 2026.