junio 4, 2026

El hemeroscopio

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El laberinto lingüístico y mental de Montero

La escena política andaluza se ha visto sacudida por una propuesta que ha levantado tantas ampollas como cejas extrañadas. María Jesús Montero, vicepresidenta primera del Gobierno, ministra de Hacienda y actual candidata del PSOE a la Junta de Andalucía, ha lanzado un órdago dialéctico que ha situado el habla de la región en el centro de la controversia electoral. Su compromiso de aprobar una «Ley de Lenguas Andaluzas» si logra la presidencia no solo ha encendido el debate filológico, sino que ha revelado las costuras de una estrategia de supervivencia política marcada por la urgencia de las encuestas.

La invención de una realidad inexistente

Para cualquier observador con un mínimo de formación académica, la propuesta de Montero choca frontalmente con la realidad lingüística. En el ámbito científico y educativo, especialmente en el bachillerato andaluz, se estudia que lo que caracteriza a la comunidad es el «habla andaluza». La distinción entre «habla» y «lengua» no es un matiz menor; es una frontera técnica que la vicepresidenta parece haber decidido ignorar de forma deliberada.

Ni siquiera los intelectuales que habitualmente orbitan cerca de las esferas socialistas han salido en su defensa en esta ocasión. La razón es simple: no existe una lengua andaluza. El fenómeno lingüístico de la región destaca por su inmensa riqueza fonética y sus variados matices, lo que podría llevar a debatir sobre la existencia de diferentes «hablas» debido a la extensión territorial, pero nunca a elevar estas variantes al rango de idiomas diferenciados.

La estrategia del «cable ardiendo»

¿Por qué una figura del relieve de María Jesús Montero, con una trayectoria formada y experimentada, caería en lo que muchos califican como un «disparate»? La respuesta parece hallarse en la psicología del candidato desahuciado por los sondeos. Cuando las encuestas no acompañan, las campañas de agitación se convierten en la única esperanza de supervivencia. En este contexto, la propuesta de la Ley de Lenguas funciona como un «cable ardiendo» al que asirse para no hundirse en la irrelevancia informativa.

El objetivo real no parece ser la protección del patrimonio lingüístico, sino el ruido mediático. Al lanzar una propuesta tan disruptiva, la vicepresidenta se asegura de que se hable de ella. Es una estrategia calculada: generar un aluvión de críticas para luego intentar transformarlas en una narrativa de victimización, alegando ataques personales por su condición de mujer o por su acento. El «trabalenguas» de Montero es, en esencia, un fin en sí mismo donde el habla andaluza es solo el instrumento.

El daño al orgullo andaluz

El debate sobre cómo hablan los andaluces arrastra históricamente dos tipos de menosprecio. El primero proviene del exterior, alimentado por estereotipos y aires de superioridad de quienes consideran el acento un signo de falta de seriedad. Sin embargo, el daño más profundo suele ser interno. Existe un sector de la población que «castellaniza» su discurso en ámbitos profesionales por el temor subliminal a que quien habla andaluz no sea tomado en serio.

Por otro lado, surge un nuevo grupo que daña el habla andaluza desde el extremo opuesto: aquellos que, como la vicepresidenta, sostienen la existencia de una lengua propia con grafía inventada. Ejemplos de esta tendencia han sido las traducciones de obras como «El Principito» a una supuesta lengua andaluza con transcripciones fonéticas que muchos consideran una caricatura. Este tipo de propuestas suele calar en sectores de la extrema izquierda o andalucismos radicales que buscan construir una identidad excluyente basada, a menudo, en una historia inventada.

El contraste institucional y académico

Frente a la propuesta de Montero, otras figuras políticas y académicas mantienen una postura más pegada a la realidad filológica. Juanma Moreno, actual presidente de la Junta, ha optado por un protocolo para «proteger y divulgar el andaluz» a través de expertos, centrándose en el uso y la valoración del acento en colegios y universidades sin necesidad de inventar estatus lingüísticos inexistentes.

Incluso voces dentro del propio socialismo, como la de Carmen Calvo, han marcado distancias de forma contundente. La exvicepresidenta ha defendido que el andaluz es un «habla del castellano» y que hablar un «andaluz perfecto» no es incompatible con hablar bien el español. Esta postura subraya la idea de que el habla andaluza no es menos relevante por no llamarse lengua; su valor reside en su realidad viva, no en leyes que intenten encorsetarla en definiciones políticas interesadas.

Datos clave de la situación lingüística en Andalucía:

  • Identidad: El fenómeno se define académicamente como «habla andaluza».
  • Diversidad: Existen múltiples variantes fonéticas dependiendo de la zona geográfica (hablas andaluzas).
  • Postura académica: Los lingüistas rechazan de forma mayoritaria la existencia de una gramática o lengua andaluza diferenciada del castellano.
  • Uso político: La propuesta de una ley específica surge en un contexto de precampaña electoral con encuestas desfavorables para el PSOE.
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